Los super alimentos de moda

En góndolas y en titulares vuelve una etiqueta que suena a descubrimiento y funciona, sobre todo, como eslogan. Se habla de superalimentos como si el nombre bastara para ordenar el carrito.
El término no describe una categoría científica. Es una pieza de marketing que agrupa productos con una promesa amplia: más vitalidad, mejor aspecto, una mesa que parece informada.
La moda se reconoce en el envase antes que en el plato. Colores saturados, sellos de origen lejano y una palabra prestada que, en el mostrador, ya circula sin comillas.
- Semillas y polvos que se venden en frascos pequeños.
- Frutas exóticas presentadas como novedad de temporada.
- Infusiones y mezclas listas para el desayuno.
- Barras y snacks que heredan el mismo vocabulario.
Nada de esa vidriera garantiza un efecto. El relato comercial sugiere beneficios numerosos y el comprador completa el resto con la esperanza de acertar sin estudiar etiquetas.
En las conversaciones de cocina el superalimento aparece como atajo. Se nombra para cerrar un tema, no para abrirlo. La duda queda para después, cuando el frasco ya está abierto.
Esta nota no valida el hallazgo. Lo trata como lo que el propio discurso publicitario admite: una etiqueta de moda que organiza deseos más que evidencias.
La crónica de muestra se queda en el mostrador. Mira el estante, lee el eslogan y anota que la novedad es el nombre, no una revolución silenciosa de la despensa cotidiana.
Nota de demostración. El texto no informa un hecho real.















