Las flores de Lapacho comienzan a cubrir las calles

Cuando el aire empieza a templarse, las veredas cambian de color antes de que el calendario lo declare. En avenidas y caminos vecinales, las copas del lapacho se cubren de flores y el pavimento recibe una capa que parece un tapiz improvisado.
En la región se volvió habitual plantar lapacho rosado en alineaciones urbanas. El resultado, cada septiembre y octubre, es un paisaje que anuncia la estación cálida sin necesidad de un cartel.
No es el único tono. También aparecen ejemplares de flores amarillas y violáceas, que rompen la monotonía del rosa y confirman que el género admite más de una paleta.
Quienes caminan a esa hora suelen detenerse bajo las copas. La sombra es todavía rala, pero el color alcanza para transformar una cuadra ordinaria en una postal de primavera.
El fenómeno no es un festival ni una campaña: es el efecto acumulado de años de forestación en veredas. Cada árbol, plantado en su momento por una decisión municipal o vecinal, ahora habla en voz alta.
Los pétalos caen pronto. El espectáculo es breve y, por eso mismo, se vuelve tema de conversación. Hay quienes barren la vereda al amanecer y quienes prefieren dejar el manto unos días, como si la calle mereciera ese adorno.
En los caminos que salen del ejido, la misma floración marca el trayecto. El campo no necesita de esas hileras para saber que cambia la estación, pero el viajero las lee como un aviso visual, claro y repetido kilómetro a kilómetro.
Nota de demostración. El texto no informa un hecho real.
















